El futuro ya está acá

Futuro presente, en la escuela
Los tres primeros cuadernillos de esta serie trazaron un recorrido.

El primero discutió la herramienta: la organización sindical, la democracia de base y la capacidad colectiva para disputar las condiciones de trabajo.

El segundo discutió el territorio: la renta, los modelos de país, las correlaciones de fuerza y las condiciones materiales que hacen posible —o limitan— el derecho a la educación.

El tercero puso la lupa sobre la cotidianeidad: los mandatos de género, las jerarquías, la vocación, el cuidado y las formas aparentemente naturales de organizar la vida escolar.

Ahora aparece una nueva frontera.

¿Qué ocurre cuando una parte cada vez mayor de nuestro trabajo, nuestra comunicación y nuestra producción de conocimiento comienza a estar organizada por tecnologías que no diseñamos, no controlamos y muchas veces tampoco comprendemos?

La tecnología no llegó ayer a la escuela. Hace décadas utilizamos computadoras, calculadoras, televisores, teléfonos celulares, plataformas educativas y sistemas administrativos. Lo nuevo no es la existencia de herramientas tecnológicas. Lo nuevo es la velocidad con la que ocupan todos los espacios y la naturalidad con la que se presentan como inevitables.

Se nos habla de innovación. Se nos habla de transformación digital. Se nos habla de preparar a los estudiantes para el futuro. Se nos habla de inteligencia artificial. Pero rara vez se pregunta: ¿Quién produce esas tecnologías? ¿Qué intereses las orientan? ¿Qué conocimientos contienen? ¿Qué conocimientos excluyen? ¿Quién decide cómo se utilizan? ¿Qué información entregamos para que funcionen?

No alcanza con saber utilizar una herramienta. También necesitamos comprender quién la construyó, para qué, bajo qué condiciones y qué relaciones de poder reproduce.

La pregunta de este cuadernillo no es si debemos utilizar tecnología. La pregunta es qué relación queremos construir con ella.

Porque podemos acceder a miles de contenidos sin producir ninguno. Podemos utilizar herramientas sofisticadas sin comprender cómo funcionan. Podemos consultar permanentemente información y perder la capacidad de construir conocimiento propio. Podemos pedirle respuestas a una inteligencia artificial y abandonar la pregunta más importante: ¿cómo sabemos que aquello que responde es verdadero?

La pedagogía crítica no puede conformarse con formar consumidores eficientes de tecnología. Necesita formar sujetos capaces de comprender, crear, modificar, compartir y discutir las herramientas y los conocimientos que utilizan.