En la sala de profesores, alguien abre un cajón viejo. Saca un reglamento. Las hojas están amarillas. Hay anotaciones a mano en los márgenes. Una fecha: 1978.
Una docente lee un artículo en voz baja. Levanta la vista.
— Acá dice que la maestra debe ejercer su "misión maternal" con los alumnos.
Otra lee más abajo.
— Y acá habla del "decoro" y la "dignidad" que debe mantener la señorita docente.
Una tercera mira la fecha.
— Esto es de antes de que yo naciera.
— Sí.
— ¿Y eso sigue vigente?
— Nadie lo cambió.
Las tres miran el papel. Miran la fecha. Miran las palabras: misión, maternal, señorita, decoro. Nadie parece sorprendida del todo.
En las reuniones institucionales, en las actas, en las paredes de los despachos, la voz de la costumbre es clara: "El reglamento es el reglamento. Si nadie lo modificó, sigue vigente. No se puede cambiar lo que siempre estuvo así".
Los reglamentos hablan de un mundo donde las voces no se contaban de la misma manera. Donde las decisiones sobre la escuela se tomaban en despachos donde no entraban las maestras. Donde el silencio era una forma de cuidado, y la obediencia, una virtud.
Describen un tiempo en que la palabra señorita era un destino, no una elección. En que el decoro se pedía a unas y no a otros. En que enseñar se parecía más a un mandato familiar que a un trabajo con derechos.
Y sin embargo, las leyes cambiaron. Los profesorados se masificaron. Las mujeres dejaron de ser señoritas para ser docentes, con títulos, con salarios, con voz propia.
Pero el reglamento sigue ahí, en la carpeta, con su fecha, con sus palabras. Como si el tiempo no hubiera pasado.
¿Cuándo fue la última vez que leímos completo un reglamento?
¿Qué diferencia hay entre una "misión" y un trabajo?
¿Qué pasa cuando las normas describen una realidad que ya no existe?
¿Quién decide cuándo una norma envejece?
¿Qué relación hay entre las palabras que usamos para nombrar el trabajo y el valor que le damos?
¿Qué otras cosas que parecen eternas son en realidad decisiones que alguien tomó hace mucho tiempo, en un tiempo en que no todas las voces contaban igual?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
2 — Señorita Norma
Es una asamblea. Se discute un artículo del estatuto. Alguien propone modificarlo. Otro toma la palabra:
— Eso no lo puede cambiar cualquiera. Lo tiene que revisar la comisión directiva.
— ¿Y hace cuánto que no se reúne?
Silencio. Nadie responde. Nadie parece recordar.
La propuesta queda en el aire. La discusión sigue con otro tema. El artículo sigue igual.
En las organizaciones, en los sindicatos, en las instituciones, la voz de la costumbre es clara: "Las reglas las cuidan las autoridades. Los especialistas. Los que saben. El resto obedece".
Toda organización tiene normas. Pero también necesita personas que las observen. Que las cuestionen. Que propongan cambios. Que adviertan cuando ya no funcionan.
Una norma no mejora por el paso del tiempo. Mejora cuando alguien se toma el trabajo de revisarla.
Pero a veces, esa tarea se delega. Se espera que "alguien" lo haga. Que "la comisión" lo resuelva. Que "los que saben" decidan. Y mientras tanto, las reglas siguen ahí, intactas, sin que nadie se pregunte si todavía sirven.
¿Qué diferencia hay entre una regla que se obedece y una que se entiende?
¿Qué responsabilidad tenemos sobre las normas que no nos pertenecen pero nos gobiernan?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
3 — La marca de la gorra
Un docente abre un reglamento. Lee un artículo. Levanta la vista.
— Esto dice que las licencias se piden con cuarenta y ocho horas de anticipación.
— Sí.
— ¿Y si surge una emergencia?
— Bueno, eso es lo que dice.
— ¿Pero quién lo escribió? ¿Cuándo?
El docente cierra el documento. Lo guarda. Pero la pregunta queda dando vueltas.
En las instituciones, en las resoluciones, en los estatutos, la voz de la costumbre es clara: "Está escrito. Es la norma. No se pregunta de dónde vino".
Abrimos un reglamento. Un estatuto. Un acuerdo paritario. Una resolución. Todo parece natural. Como si siempre hubiera estado ahí. Como si nadie lo hubiera escrito.
Pero alguien escribió cada una de esas palabras. En un momento determinado. Con un problema determinado. Con una solución determinada.
Conocer el origen de una norma no obliga a cambiarla. Pero ayuda a decidir si todavía merece permanecer igual.
¿Quién escribió esto?
¿En qué contexto?
¿Qué problema intentaba resolver?
¿Ese problema sigue existiendo?
¿La solución sigue siendo la mejor?
¿Qué pasa cuando obedecemos palabras sin saber quién las escribió ni por qué?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
4 — La decisión que no viste
Aparece una resolución publicada. Todos opinan sobre ella. Algunos están a favor. Otros en contra. Se discute en la sala de profesores. Se discute en los pasillos.
Pero nadie pregunta cómo llegó hasta allí. Nadie pregunta qué camino recorrió. Nadie pregunta quién pudo intervenir y quién no.
La resolución se acepta o se rechaza. Pero el proceso que la produjo sigue invisible.
En las instituciones, en las organizaciones, en las discusiones cotidianas, la voz de la costumbre es clara: "Lo importante es el resultado. Si se aprobó, es legítimo. No se pregunta cómo se llegó a decidir".
Una organización democrática no se mide sólo por lo que decide. También por la claridad con que muestra cómo llegó a decidirlo. Comprender el procedimiento también es participar.
¿Cómo llegó esta resolución hasta aquí?
¿Quién pudo intervenir en el proceso, y quién no?
¿Quién sintetizó las propuestas? ¿Quién decidió entre alternativas?
¿Qué diferencia hay entre una decisión que se acepta y una que se comprende?
¿Qué significa participar realmente en una organización?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
5 — Toco y me voy
Una escuela centenaria.
El techo necesita reparaciones. Los baños ya no alcanzan. La instalación eléctrica da problemas desde hace años.
Llegan fondos públicos para atender las urgencias. La directora convoca a una reunión. No para preguntar qué hace falta. Para informar qué decidió hacer.
Semanas después comienza la obra.
Cuando termina, la entrada de la escuela tiene una escalera de mármol. Brilla. Es elegante. También parece pertenecer a otro edificio.
Los problemas siguen donde estaban.
Pasa el tiempo. La directora obtiene traslado. La comunidad permanece.
Años después, alguien pregunta en la sala de maestros:
— ¿Quién hizo esta escalera?
Silencio.
— Siempre estuvo.
La escalera no responde. No hace falta. Hace tiempo que aprendió a parecer natural.
ArchivoMuchas instituciones públicas heredaron una forma de gobierno donde la autoridad para decidir se concentra temporalmente en quienes ocupan determinados cargos. Las comunidades cambian más lentamente. Sin mecanismos estables de participación y control, algunas decisiones sobreviven mucho más que quienes las tomaron.
¿Cuánto puede transformar una institución alguien que sabe que estará allí solamente un tiempo?
¿Quién decide cuáles son las prioridades de una comunidad?
¿Qué sucede cuando quien ejerce el poder se va, pero las consecuencias de sus decisiones permanecen?
¿Puede existir autoridad sin control comunitario?
¿Qué formas de participación permitirían que una decisión importante no dependiera solamente de una firma?
¿La democracia termina cuando alguien es designado o también debería formar parte de la vida cotidiana de las instituciones?
Las personas pasan. Las decisiones aprenden a quedarse.
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
6 — El viejo truco
Llega una propuesta a la reunión. Alguien la lee en voz alta. Es un nuevo sistema de evaluación. Otro toma la palabra de inmediato:
— Estoy en contra.
— Yo estoy a favor.
La discusión se calienta. Se cruzan argumentos. Se levantan las voces.
Una docente, desde el fondo, levanta la mano. Espera su turno. Cuando puede hablar, dice:
— Antes de estar a favor o en contra... ¿qué problema intenta resolver?
Silencio. Nadie lo había preguntado.
En las reuniones, en las asambleas, en las discusiones institucionales, la voz de la costumbre es clara: "Lo primero es tomar posición. ¿Estás a favor o en contra? El resto es perder el tiempo".
Las normas podrían nacer de un problema concreto. Podrían describir una dificultad que alguien identificó, en un contexto determinado, y proponer una manera de enfrentarla.
Pero las normas podrían también aparecer sin problema previo. Sin diagnóstico. Sin evidencia. Como si el problema fuera la norma misma, y no lo que la norma intenta resolver.
Y entonces, las discusiones podrían girar alrededor de si se está a favor o en contra, sin haberse preguntado primero si aquello que la norma busca arreglar está realmente roto.
¿Qué problema intenta resolver esta norma?
¿Ese problema existe hoy?
¿Produce otros problemas al intentar resolverlo?
¿Hay mejores alternativas?
¿Qué diferencia hay entre discutir una norma y hacerse responsable de ella?
¿Por qué nos resulta más fácil tomar posición que preguntar de dónde viene el problema?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
7 — ¿Ya subiste al colectivo?
Es martes. Hubo asamblea la semana pasada. Se votó un paro. Ganó el paro por mayoría.
El martes llega. La escuela está cerrada. Algunos docentes van a la movilización. Otros no. Uno fue a hacer trámites bancarios. Otro aprovechó para llevar al hijo al médico. Otro se quedó durmiendo. Otro fue al supermercado.
Nadie lo dijo en voz alta. Nadie lo discutió. Cada uno decidió, en silencio, qué hacer con ese día que había sido votado entre todos.
En los pasillos, en las salas de profesores, en las conversaciones de café, la voz de la costumbre es clara: "El paro es un derecho. Cada uno hace con su día lo que quiere. Si se votó, ya está. No hay que dar explicaciones".
Las decisiones colectivas podrían sostenerse en el tiempo. Podrían recordar que detrás de cada derecho conquistado hubo una discusión, una votación, un acuerdo. Que el derecho no nació solo: lo construyó una multitud.
Describirían un vínculo entre quienes votaron juntos y quienes sostienen, después, el sentido de lo votado.
Pero las decisiones colectivas podrían también vaciarse sin que nadie lo notara. Podrían convertirse, día tras día, en días libres individuales. Y nadie volvería a preguntar si aquello que se votó sigue siendo una herramienta compartida, o si se transformó, sin que nadie lo discutiera, en otra cosa.
¿Qué diferencia hay entre usar un derecho y vaciarlo?
¿Qué pasa cuando una decisión colectiva se vuelve, sin discusión, una suma de decisiones individuales?
¿Qué mensaje se envía cuando la herramienta de muchos se usa como beneficio de uno?
¿Quién sostiene el sentido de lo que se votó?
¿Qué relación hay entre un derecho conquistado y la responsabilidad de cuidarlo?
¿Qué otras decisiones colectivas se transformaron en costumbres individuales sin que nadie lo notara?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
8 — ¿Quién sos? Ubicate.
En la sala de profesores, alguien defiende una posición citando el diseño curricular. Otro cita a la RAE. Un tercero, más joven, pregunta por qué eso cierra la discusión.
— Porque lo dice la RAE —le contestan, como si fuera suficiente.
Se hace un silencio incómodo. Es más fácil terminar una discusión apelando a un nombre que explicando por qué ese nombre merece ser escuchado.
En las salas de profesores, en los claustros, en cualquier discusión sobre el idioma, la voz de la costumbre es clara: "Lo dice la RAE. Eso alcanza. No hace falta preguntar por qué".
Ninguna academia de la lengua fue elegida por votación popular. Sus miembros se designan entre sí.
¿Qué diferencia a una autoridad que convence de una que solamente impone?
¿Puede una institución sobrevivir sin aceptar que la cuestionen?
El joven no insiste. Pero la próxima vez, antes de citar una fuente, se toma un segundo más para pensar por qué la elige.
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.
9 — Imaginar también es una responsabilidad
Es una reunión de la cooperadora. Se discute el reglamento interno. Alguien propone un ejercicio:
— Imaginen que hoy no existiera este reglamento. ¿Cómo lo escribirían?
Silencio. Algunas risas nerviosas.
— Eso no se puede.
— Siempre fue así.
— ¿Y si probamos igual?
Nadie responde. El ejercicio queda en el aire. La reunión sigue con otro tema.
En las organizaciones, en las asambleas, en las reuniones de cualquier tipo, la voz de la costumbre es clara: "Las reglas son las reglas. No se puede reinventar todo. Hay límites. Hay tradiciones. Hay cosas que no se tocan".
Las instituciones podrían imaginarse de nuevo. Podrían recordar que fueron escritas por personas, en un momento determinado, con problemas determinados. Que ninguna institución nació terminada. Que todas fueron, alguna vez, una idea entre muchas.
Describirían un presente donde reescribir las reglas fuera parte del trabajo cotidiano, no una excepción. Donde preguntarse "¿qué conservaríamos? ¿qué cambiaríamos? ¿qué ya no tendría sentido?" fuera una pregunta legítima, no una provocación.
Pero las instituciones podrían también cerrarse sobre sí mismas. Podrían defenderse con la frase "siempre fue así". Podrían confundir la tradición con la necesidad. Y nadie volvería a preguntarse si aquello que se heredó es lo que se necesita, o simplemente lo que se tuvo.
¿Qué harías si hoy tuvieras que escribir las reglas de tu organización desde cero?
¿Qué conservarías? ¿Qué cambiarías? ¿Qué ya no tendría sentido?
¿Qué diferencia hay entre una tradición que se cuida y una que se obedece?
¿Por qué nos resulta más fácil obedecer las reglas que imaginar otras?
¿Qué institución se fortalece permaneciendo igual? ¿Cuál se fortalece pudiendo cambiar?
¿Qué significa hacerse cargo de una institución que se heredó?
Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.