Cuaderno I

¿Es natural?

1 — La W en la pared

Llego temprano, antes del primer timbre. La ventana está entreabierta y todavía flota el polvo de tiza de la clase anterior. En la pared, sobre el pizarrón, cuelga el mismo abecedario de siempre, un poco descolorido por el sol de la tarde.

Un chico entra corriendo, deja la mochila en cualquier lado y se queda mirando las letras, como si las viera por primera vez.

Me quedo pensando la respuesta.

ArchivoEn español, la W llegó tarde y de visita. Se usó primero para transcribir palabras venidas de otras lenguas: wagneriano, kiwi, whisky. Durante siglos, el abecedario funcionó perfectamente sin ella.

Y sin embargo ahí está, entre la V y la X, ocupando un lugar fijo, como si siempre hubiera pertenecido a la familia.

¿Qué significa que una letra "pertenezca" a un idioma?

¿Alguien decide eso, o simplemente ocurre con el uso?

Si la W entró por necesidad, ¿qué otras letras podrían salir por falta de ella?

El chico ya se olvidó de la pregunta. Agarra el cuaderno y copia la fecha. Yo me quedo mirando la W un rato más.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

2 — ¡Qué grande, Groenlandia!

El planisferio ocupa toda la pared del fondo, enrollado en los bordes por los años. Antes de empezar Sociales, una alumna se acerca a mirarlo de cerca. Apoya el dedo sobre Groenlandia.

Le digo que no, que es apariencia del mapa.

Le cuento que hace más de cuatrocientos años, un cartógrafo llamado Gerardo Mercator diseñó una proyección para que los barcos pudieran trazar rutas rectas sobre el mar. Funcionaba para navegar. Pero cuanto más lejos del ecuador, más se agrandaban los territorios.

La alumna vuelve a mirar Groenlandia.
Yo también.

Después miro el ecuador. Los dos ceros que deberían ordenar el mapa. Hay algo extraño. Si uno toma esos dos puntos como centro, el mundo no queda tan centrado como parece.

¿Quién decidió dónde poner el medio de la esfera?

Pienso en Greenwich. ¿Por qué Greenwich y no el centro del mundo?

También pienso en Europa, tan grande en este mapa. En África, en América del Sur, empujadas hacia los bordes, como si también hubiera una manera correcta de ocupar el mundo.

Tal vez un mapa no solamente muestra dónde están las cosas. También decide desde dónde mirarlas.

¿Por qué seguimos usando un mapa pensado para navegar, en un aula donde nadie va a trazar una ruta marítima?

¿Qué mensaje recibe, sin saberlo, quien crece mirando ese mapa todos los días?

¿Existen otros mapas? ¿Por qué no llegan a las escuelas?

En algún estante de la biblioteca hay un atlas viejo con el mismo mapa, repetido durante años.
La alumna vuelve a su banco. No dice nada más. Pero antes de sentarse mira una vez más el mapa, como si ya no pudiera confiar del todo en él.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

3 — ¿Quién habla mal?

Nahuel cuenta lo que hizo el fin de semana. Habla como se habla en su casa, con el acento de su barrio. Alguien se ríe. Él se calla a mitad de la frase y no la termina.

Después del recreo vuelve a hablar, pero distinto. Más despacio. Cuida cada palabra, como quien camina sobre un piso que no conoce.

ArchivoDurante gran parte del siglo XX, la escuela argentina tuvo como misión explícita "corregir" el habla de los hijos de inmigrantes y de las provincias, para acercarlos a una norma única pensada desde Buenos Aires.

¿Habló mal Nahuel, o simplemente habló distinto?

Si todos entendimos lo que dijo, ¿dónde estuvo el error?

¿Quién decide qué acento suena "correcto" y cuál "hay que corregir"?

Nadie le explicó la regla. Solamente escuchó la risa. Eso también enseña.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

4 — El día que desapareció la CH

La profesora Ferreyra, que se jubila este año, encuentra en el placard un cuaderno de caligrafía de los años ochenta. Lo abre en la primera página: la CH y la LL, entre las demás letras, como cualquier otra.

ArchivoEn 2010 la Real Academia Española dejó de considerar CH y LL letras independientes del abecedario. Pasaron a ser dígrafos: dos letras que se combinan, pero ya no cuentan como unidad propia.

El idioma no cambió. Las palabras siguieron sonando igual. Solamente cambió la manera de contarlas.

Si nadie dejó de entender un texto, ¿qué fue exactamente lo que se perdió?

¿Cuántas otras cosas que aprendimos de memoria, como si fueran eternas, podrían dejar de serlo mañana?

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

5 — La lengua afuera

En el recreo, un grupo juega a las cartas cerca del kiosco. Hablan rápido, se ríen, se cortan las palabras entre ellos; alguna palabra en guaraní se cuela sin que lo noten. Suena el timbre. Entran al aula.

Es la misma boca. Es otro idioma.

Mientras tantoEn muchas provincias del norte argentino, un chico puede crecer escuchando guaraní en su casa y no encontrarlo mencionado en un solo libro de la escuela.

¿Qué mensaje recibe un chico cuando la lengua de su casa nunca entra al aula?

¿Qué pierde la escuela cuando decide no escuchar esa lengua?

¿Qué se siente al tener que traducirse a uno mismo, todos los días, para que lo escuchen?

Toda lengua guarda una historia, una familia, una memoria. Cuando calla, la escuela pierde mucho más que unas palabras.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

6 — Tinta roja

Corrijo una prueba con lapicera roja. Tacho una tilde que falta, encierro una "b" que debería ser "v". El alumno mira la nota, después la corrección, y no pregunta nada.

Vuelvo a hacerlo con la prueba siguiente. Y con la próxima. En algún momento me detengo un segundo antes de tachar, y me pregunto para qué estoy corrigiendo, en realidad.

ArchivoLa ortografía normalizada tal como la conocemos es relativamente reciente: recién en el siglo XVIII las academias de la lengua empezaron a fijar reglas unificadas que antes cada escritor resolvía a su manera.

¿Corrijo para que se entienda mejor, o para que se parezca más a lo esperado?

¿La ortografía abre puertas, o también las cierra?

¿Qué estoy evaluando realmente cuando tacho una tilde?

No tengo una respuesta cómoda. Sigo corrigiendo. Pero ya no de la misma manera.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

7 — Desde el bronce

Septiembre. En la sala de maestros alguien prepara el acto.

Hay una cartelera, una bandera, algunas imágenes impresas. Aparece Sarmiento. Alguien busca una frase. Alguien pregunta qué grado va a leerla.

Se arma la secuencia casi sin discutirla.
Una fecha. Un nombre. Una biografía. Una frase. Un acto.

El docente mira el retrato un momento. Piensa en todas las personas que enseñan hoy. En las aulas. En los jardines. En las escuelas de adultos. En quienes alfabetizan, acompañan, explican, escuchan, contienen, planifican, corrigen, inventan.

ArchivoEl Día del Maestro se instituyó en 1943 tomando la fecha de la muerte de Sarmiento, dentro de una agenda de efemérides diseñada a principios del siglo XX para construir una identidad nacional a través de héroes y próceres. No es la única profesión celebrada así: pero sí una de las pocas donde el homenaje sigue organizando, todavía hoy, el acto escolar completo.

¿Por qué para hablar de nuestro trabajo necesitamos volver siempre a los mismos muertos?

¿Quién decidió qué personas representan a quienes enseñan?

¿Qué queda afuera cuando una profesión se cuenta a través de próceres?

¿Podemos estudiar críticamente a quienes hicieron la historia de la educación sin convertirlos en modelos intocables?

¿Qué diría un calendario escrito por quienes enseñan hoy?

El docente vuelve a mirar la cartelera. La foto sigue ahí. Pero ahora parece faltar algo. No sabe todavía qué. Tal vez una historia que también los incluya a ellos.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

8 — La rebelión de las tildes

En el aula nada cambió. Sigo escribiendo "sólo" con tilde, como aprendí, aunque hace años que la recomendación oficial dice que no hace falta.

Le digo que lo sé. Que igual la pongo. Me mira como quien descubre que un adulto también puede desobedecer una regla sin esconderse.

Afuera del aula, la discusión sigue. Algunos abandonaron la tilde apenas se las avisaron. Otros la conservan, no por ignorancia, sino porque todavía les resulta útil para distinguir un sentido de otro.

ArchivoEn 2010 la ortografía panhispánica recomendó eliminar la tilde diacrítica en "solo" y en los pronombres demostrativos. La medida generó una de las pocas rebeliones ortográficas masivas y visibles de la lengua española.

¿Qué autoridad tiene una recomendación que una parte enorme de los hablantes decide no seguir?

¿La lengua le pertenece a la academia que la redacta, o a quienes la usan todos los días?

El alumno se encoge de hombros y sigue escribiendo a su manera. Yo, a la mía.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.

9 — Después

En el patio hay un árbol.

Cuando empieza el recreo, los primeros en llegar buscan su sombra.
En primavera aparecen flores.
En otoño alguien barre las hojas.

Los chicos cambian.
Los docentes también.
El árbol permanece.

Una mañana, mientras esperan que toque el timbre, una practicante pregunta:

Nadie lo sabe.

Las respuestas empiezan a parecerse.

La conversación termina ahí.
El árbol no.

ArchivoHay obras que sólo adquieren sentido con el paso del tiempo. Un árbol tarda años en dar sombra. Una biblioteca necesita generaciones de lectores. Una escuela nunca termina de construirse. Muchas de las cosas que sostienen la vida en común comenzaron como decisiones cuyos frutos disfrutarían, sobre todo, personas que todavía no habían llegado.

¿Qué mueve a alguien a empezar una obra que probablemente otros terminarán?

¿Qué hace que una comunidad cuide aquello que ninguno de sus miembros construyó por sí solo?

¿Qué diferencia hay entre usar un bien compartido y sentirse responsable de él?

¿Qué cosas de nuestra vida cotidiana existen porque alguien decidió pensar más allá de sí mismo?

¿Qué estamos haciendo hoy que todavía no puede verse?

¿De qué manera enseñamos, además de con las palabras, que vale la pena construir algo para quienes vendrán después?

Al terminar el recreo, el patio vuelve a vaciarse.
El árbol permanece.

Alguien en el fondo levantó la mano para preguntar.