Las fechas que no nos regalaron: 1° de mayo y 8 de marzo
El 1° de mayo no es el “Día del Trabajo”. Es el día en que ocho trabajadores de Chicago fueron condenados a muerte en 1886 por exigir que la jornada laboral fuera de ocho horas. Cuatro fueron ejecutados, uno se suicidó en la celda, tres fueron indultados años después. No murieron en un accidente laboral. Murieron porque se organizaron para pedir algo que hoy nos parece obvio: que el día tuviera tres partes de ocho horas —ocho para trabajar, ocho para dormir, ocho para vivir—.
La Segunda Internacional, reunida en París en 1889, declaró el 1° de mayo como día de lucha internacional. No como feriado. No como día de descanso pago. Como día para recordar que esas ocho horas no se pidieron: se arrancaron.
El 8 de marzo tampoco es el día de “saludar a las mujeres” con una flor o un piropo. Es el día en que las trabajadoras textiles de Nueva York salieron a la calle en 1857 y en 1908 para pedir mejores condiciones de trabajo, salarios dignos y el derecho al voto. En 1910, en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, Clara Zetkin propuso que ese día se conmemorara internacionalmente. No fue un regalo del patronato. Fue una conquista de las trabajadoras que se organizaron para decir: nosotras también somos clase trabajadora, y nuestras demandas no son secundarias.
Lo que tienen en común estas dos fechas es esto: primero represión, después reconocimiento. El Estado y el patronato nunca concedieron nada gratis. Primero mataron, después conmemoraron. Primero prohibieron, después institucionalizaron. Y en el medio, hubo trabajadores que se organizaron para que eso sucediera.
¿Qué pasa cuando el 1° de mayo se convierte en un acto donde los nenes cantan “trabajadores, trabajadores” con una banderita de papel crepé? ¿Qué pasa cuando el 8 de marzo se reduce a que los varones les regalen un chocolate a las compañeras? ¿A quién le sirve que esas fechas se vacíen de contenido?
Le sirve al que prefiere que olvidemos que esas conquistas costaron sangre. Le sirve al que quiere que pensemos que los derechos se piden con buena educación, no se arrancan con organización. Le sirve al que necesita que sueltes la herramienta.
Desnaturalizar el calendario es un acto político. No es “cambiar la fecha”. Es recuperar la memoria de quién la arrancó y por qué.